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Anoche, Vetusta Morla y la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia dieron un concierto para recaudar fondos por el terremoto de Lorca que hace un año tambaleó algo más que la tierra (Concretamente para el Conservatorio de Música Narciso Yepes de Lorca). Pero yo no estuve en él. Ni en el concierto, ni en el terremoto. Pero como si estuviese. Estaba raro, incómodo en mi propia casa.

Donde sí estuve, fue en un concierto de Vetusta Morla (he ido a varios), que dio entre semana, en 2008 en una plaza donde apenas estabamos 60 personas. En aquella fecha, eran unos “Don Nadie” y estaban empezando a sonar en Radio 3, concretamente los descubrí en el programa de Virginia Díaz, 180 grados.

En una plaza céntrica, tanto como los campanarios de las iglesias que cayeron ante la mirada de las TV, tanto cerca, como del barrio donde mi abuela sufrió ambos “sustos” y donde yacían cuerpos y también, las TV no se cortaban en grabar el sufrimiento humano y el morbo de las muertes en las primeros minutos de las catástrofes.

Esa noche, no tuvieron más remedio que tocar en acústico, y a priori, diría que hasta lo preferían. Un concierto íntimo, único, excepcional. Allí estuve, allí. No quería que acabasen, no miraba el reloj. De allí me marché de madrugada a Huércal Overa a descansar 3 horas, que a las 6 de la mañana tocaba trabajar en Albox. La excepción requería el esfuerzo, el momento no se borrará nunca de mi memoria.


El otro día, el que perdurará siempre en mi haber, no os quepa la duda que será el 11 de mayo de 2011. Era también entre semana. Miércoless, y por la tarde, y acababa de terminar mi jornada laboral en Tabernas para desplazarme a la Universidad de Almería, donde tenía que encargarme de una mesa informativa para Los Verdes de Andalucía, quienes ya estabamos entrando bajo las siglas de un nuevo grupo político, Equo, también un “Don Nadie” por entonces.

Estaba solo, y la ubicación de la mesa, aunque céntrica, no era del todo propicia porque hacia viento y entraba encañonado hacía los folletos, hacia las camisetas, hacia mí.

Pero el viento paró, o así lo sentí yo, cuando mi padre me llamó para decirme que había ocurrido un terremoto en Lorca, que se veían imágenes de muertos en las calles del barrio de mi abuela. Colgamos. Nadie se acercaba a la mesa, mi cara no sería lo mejor, derrochaba incredulidad, no sabía como salir de allí. No podía. Tampoco podía hacer más. Estaba a 200 kilómetros. Me centré, me relajé. Observé el reloj e hice varias llamadas. Quienes tenían que ayudarme a recoger la mesa, estaban a más de media hora o no descolgaban o estaban ocupados. Normal, me quedaba supuestamente una hora y media para cerrar el chiringuito, y tenían sus planes.

Volvía a mirar el reloj cada 10 minutos. No aguantaba mucho más. Estaba agobiado pero tuve que destensar mis facciones, la gente volvía a interesarse por saber qué ofrecía.

Recuerdo, que unas chicas tenían pegatinas de Vetusta Morla en su carpeta. Lo recuerdo todo. El teléfono, el día, las sensaciones, los detalles y al contrario que me pasó en “el otro día que no olvidaré” …. quería que acabase todo pronto. Necesitaba que el polvo que las imágenes de las TV morbosas mostraban de Lorca, se posase y diera pie a la tranquilidad de los míos.

Recuerdo lo malo, pero hoy, me quedo con lo bueno. Larga vida a Vetusta Morla.

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